ASÍ ES COMO SE VA OLVIDANDO
ASÍ ES COMO SE VA OLVIDANDO
Ezequiel Carías
¿Cómo quieres que te olvide, Margarita?, a ti que todo se te olvidó.
Dime, Margaret, lo que aún recuerdas. Dímelo para tus ocho hijos antes de que ya lo olvides otra vez. Dime si fuiste tú la que los eligió. Dime el nombre de mi abuelo y qué edad tenías cuando se casaron.
Dime de tus hermanas allá en Valencia, dime de cuando decidiste venirte a Caracas, dime si fue o no una elección.
Elige, abuela, la causa de mi olvido, dime si es que no es el día de tu cumpleaños o si es que se me olvido.
Yo puedo, ahorita, mientras te escribo, imaginar alguna fecha de mayo, algún día de septiembre, algún uno después de un dos, alguna semana de agosto, alguna torta, algún vino, algún regalo, alguna letra de una canción.
Pero la imaginación no me da, abuela, elegí no saber, elegí preguntar, dejarle a otro la responsabilidad de recordar.
Suena el timbre telefónico:
• Aló, bendición papá, ¿cómo estás?
• ¿Qué día nació la abuela?
• ¿Cómo eran su cumpleaños cuando tú eras niño?
• ¿Cuál era su torta favorita?
Margarita, no recuerdo en qué momento fue, cuándo empezó a suceder esto, pero sé que un día alguien llegó a tu casa y no estabas, la cocina quedó prendida al igual que la televisión. Te consiguieron en el abasto, habías salido sin llaves y en camisón.
Fue más el problema que la solución, ¿ahora quién cuidará a la madre enferma?.
Tus hijos te dejaron en tu casa, pero te quitaron las llaves. Te criaron tus tías porque siendo pequeña había muerto tu madre. En aquel entonces no se usaban urnas, los cuerpos eran velados en las camas de las casas, tu padre te cargó para que dieras un último adiós. ¿Recuerdas, abuela, aquellos nombres? A mí ya se me olvidaron.
María Margarita Canelón Ravelo, tú y tus olvidos intermitentes, tus palabras más recurrentes:
• Me quiero ir
• ¿Quiénes son ustedes?
• Ni yo misma sé quién soy
• ¿Cómo me llamo yo?
• ¿Cómo te llamas tú?
• Tú eres muy feo.
• Tú eres marico.
• El coño de tu madre.
• Puta.
Al principio daba risa, Margarita, parecías una niña, habías vuelto a la inocencia, esas palabras groseras y tu risa infantil eran una excusa para hacerlo todo más liviano. Tus hijos y tus nietos, que ya te habían olvidado, de un día para otro te recordaron, pasaste a ser la Maite Delgado de cada cumpleaños, la mejor mamá del mundo, la señora más consentida de la avenida Montevideo de Plaza Venezuela, la casa con la fachada más bonita de una calle cada vez más fea.
La quinta Margarita, tus hijos la vendieron un año y medio después de que te fuiste: una casa llena de grietas, una construcción que aguantó el terremoto del 67, un hogar donde criaste y criaron, un techo al que nunca me subí, un jardín de baldosas con cuatro cuartos altos y ventanas estrechas, una habitación con vista a la torre Polar de la que mi papá recuerda con nostalgia que en lo más alto, cada diciembre, encendían un arbolito con luces de Navidad.
Dos baños sin agua, una cocina destartalada y todas esas historias que mi papá me contó:
• Cuando se metieron a la casa a robar.
• Cuando todos los sábados en la noche jugaban a luchar, mientras mi abuelo trabajaba en RCTV o Venevisión.
• Cuando Agustín, el bodeguero, tenía que llevarlos a la Cruz Roja por alguna emergencia producto de esos juegos de lucha entre hermanos.
• Cuando el 24 de diciembre mi papá se levantó más temprano y cambio los regalos de Navidad.
• Cuando no había qué cenar.
• Cuando mi abuelo se fue quedando sordo.
Cada historia parece una ficción, cada recuerdo algo menos que una fantasía; el sonido del televisor y las discusiones de política se resuelven con mentiras.
Pero abuela, de todos estos recuerdos que ahora son míos porque me los contaron, no tengo ninguno contado por ti.
Yo tampoco te pregunté mucho, visitarte era un trámite, tú nunca fuiste a ningún cumpleaños mío, no te recuerdo en mis actos de graduación o en los camerinos luego de alguna función, quizá si ocurrió y estas letras son un sinsentido, una contradicción, pero dime, abuela, ¿cómo recordar algo que nunca sucedió?, ¿será que si no me acuerdo no pasó?
Dame, abuela, de esos sabores que mi papá y mis tíos no podrán olvidar. Yo nunca probé tu helado de mantecado ni tu torta de merengue, tampoco el dulce de leche cortada ni la jalea de mango.
Cómo quieres que te olvide, Margarita, si lo que recuerdo de ti, a ti ya se te olvidó.
La memoria es cruel, abuela.
¿Cómo quieres ser olvidada, María Margarita Canelón?
Suena timbre telefónico:
• Hola hijo, dios te bendiga ¿todo bien y tú?
• Tu abuela nació el 15 de julio del 27.
• No recuerdo como eran sus cumpleaños, éramos muy humildes, recuerdo mis tortas porque hay fotos, pero de los suyos no me acuerdo.
• Hay una foto de la torta de su boda: antes las tortas no eran como ahora, con galleta Óreo y adornos. Era una torta de varios pisos, full de huevo batido, le gustaba mucho con merengue.
• Su familia siempre vio con malos ojos a tu abuelo, él era un limpio de Catia, ella no es que era de alta sociedad, pero si pudiente: cuando se casó su papá le compro la casa de Plaza Venezuela.
Mi papá dice que él también está olvidando, que lo que te pasó a ti, abuela, es hereditario, él mismo a veces no se acuerda de las fechas de nuestros cumpleaños.
Fueron algo más de cuatro o seis años en los que tu memoria, Margarita, de a poco se fue deteriorando. Lo que primero olvidaste fue tu nombre, lo segundo no me acuerdo. Tú hiciste tus esfuerzos, todos hicimos el esfuerzo. No nos olvides, mamá, decía tu hija desde Italia por video llamada; tú respondías: ¿quién es esa señora tan fea?
Fueron más de veinte señoras las que te cuidaron en esos años, algunas con mejor o peor memoria, algunas más dedicadas que otras, con cariño o de mala gana, pero siembre había alguien que te cuidara: cuidar enfermos enferma, me dijo mi papá.
Tus hijos, que vivían en tu casa, no tardaron en mudarse cuando tú, María Margarita, empezaste a olvidar.
Ya tu olvido es olvidado, ya tus muebles los cambiaron, tus cenizas están enterradas y tu placa la rompió algún árbol, en tu casa vive otra gente pero el nombre en fachada no ha cambiado.
Letras cursivas en hierro forjado, «Margarita» se llama tu casa, Margarita te llamas tú.
Si ya no quedan recuerdos, solo queda soledad. Si no puedes reconocer nada, has perdido tu identidad.
Así como las tierras y las historias cambian de manos, así es como se va olvidando.
Así como derrumbaron a un Colón en la calle de al lado, así es como se va olvidando.
Así como tus vecinos fueron migrando, así es como se va olvidando.
Así es como tus hijos todos te lloraron, así es como se va olvidando.
Así es como lo que se olvida es pasado, así es como yo te he olvidado.
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Ezequiel Carías Domínguez (Caracas, 1994). Licenciado en Artes por la Universidad Central de Venezuela. Docente de la Escuela Nacional de Cine y la Universidad Audiovisual de Venezuela. Fotógrafo y Realizador Documental, ha profundizado su trabajo en conjunto con artistas plásticos, cineastas y comunidades. Su serie «Amarilla» formó parte del visionado de portafolios expuesto en la Sala Mendoza bajo la curaduría de Ricardo Gómez Pérez en 2021. Es codirector del cortometraje Memorias Guaire (2022). Su videoarte Sin gasolina (2020) forma parte de la selección del Festival de videoarte «Hecho en Venezuela», llevado a cabo por El Avispero Art. Participó en la muestra colectiva Atlas inconcluso de un paisaje en proceso, realizada en Abra Caracas (2022). Desde 2021 es miembro fundador y curador del proyecto de arte itinerante en espacios no convencionales «Licuadora Alternativa», en la ciudad de Caracas, en el que más de 500 artistas han expuesto sus trabajos.

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