DESTACAMENTO CUATRO TRES UNO

Foto: Eduardo Burger


DESTACAMENTO CUATRO TRES UNO

Eduardo Burger

 

 

Aquí. 

Corta.

Es aquí.

 

¿Las cosas se cierran o se cortan?

Corre el agua del lavamanos.

Es preciso evitar el tono infantil.

 

Cortar la calle.

Desde el lugar que esa calle ocupa hasta dónde, no sé.

¿Quién corta las olas? ¿Dónde comienza un corte?

¿Hacia dónde lleva?

Es preciso evitar el tono infantil, hay que encontrar

otra forma de decir que estamos hechos 

de vastos desprendimientos

cuya oscuridad

leves encuentros alivian

para que podamos dejar de llamar al dolor pérdida,

hasta que se nos queden dormidas las manos.

 

Es aquí.

Corta.

Aquí es.

 

Fría. Más fría. Corre el agua del lavamanos.

Dejo la llave abierta. El espejo volvió oxidado.

 

¿Qué es lo que se ha cortado? Nada se ha cortado.

¿Dónde es cortada? Aquí, frusilerías.

 

Los dedos

todavía aparecían

en la ciudad. Si te concentrabas

lo suficiente podías tocarlos.

Pero debías usar para ello tu brazo derecho o tus rodillas,

tu cabellera o tus pies. Es decir,

cualquier cosa menos tus dedos.

Los dedos estaban ahí para escribir.

 

Corta.

 

Ahora los dedos pertenecen a la mano de un niño.

El niño tiene siete o seis años, está acurrucado en el regazo

de su tía, una mujer enorme, de ojos menudos y risa voluminosa,

de tetas abundantes y tibias como dos enormes patillas.

Es fanática de las patillas. Lleva sandalias, zarcillos de patilla.

Sandalia, sandía.

Ahora los dedos del niño se enredan con los dedos de su tía

y descubro que es mi tía. 

 

Mi tía. 

La llamaré chavista para que sea más fácil encontrarla

después. Puedo sentir sus dedos. Son los dedos de mi tía 

y está de frente a mamá. De mamá diré que es opositora regular para

que sea más fácil encontrarla después. Ambas me cuidarán la vida entera,

incluso la que no tendré.

 

Quizá por eso se miran.

En mi recuerdo se miran, frente a frente.

Se miran. Durante la vida entera se han llevado poco 

más de un año de diferencia. A esa distancia se miran.

Se meten tijera. Es decir, se cortan. Se cortan el cabello.

La una a la otra, durante la vida entera.

Una de esas vidas  que atraviesan años de alegría y terror.

 

Corta.

 

No quiero hablar de esos años.

Porque huelen a pastilla. Porque saben a cánula, a medicamento.

Porque de tanto volver a ellos están huecos por dentro

y conducen pequeños sorbos de vacío.

Pero existen.

 

Son los años, las décadas de colapso y devastación.

Se me duerme la lengua al escribir colapso y devastación. 

Mejor decir que son los años que el estado viola. Décadas de

violaciones. 

Cualquier otra palabra se queda 

corta.

 

«Todo comenzó con la clara de huevo».

 

Es una receta. Es decir, la historia comienza en verdad con una receta.

Estoy en casa de mi mamá. He ido a visitarla en busca de esa historia.

La historia es una imagen. Es la imagen de dos hermanas separadas por

la política.

Las hermanas son las hermanas del medio, pertenecen a una familia de

cinco mujeres

y tres hombres nacidos de una señora que coleccionaba pesebres

y un dentista que perdió los dientes torturado

por la dictadura. No esta dictadura, tampoco la siguiente dictadura,

sino la anterior, no sé si me explico.

Los dedos están ahí para escribir.

 

«Yo a veces pienso, no sé, digo yo, que debería empezar a escribir

mi propio diario. El diario de Susana Gómez, del año tal al año tal».

 

Alfalfa viva. Lentejas. Arroz blanco nítido, masacotudo no,

tampoco suelto. Limonada, sin azúcar, por favor. En la etiqueta

de la botella baila una abeja

golosa, pero su contenido es vinagreta fresca.

 

«La miel es el único alimento que jamás se daña», dice la etiqueta.

 

Si bien recibo el comentario de mamá con sorpresa y el almuerzo

con devoción, evito distraerme y aprovecho la oportunidad

para indagar sobre mi tía.

 

Es momento de reconstruir la imagen de las dos hermanas que,

separadas por los abusos de la política en su devenir totalitario,

y muy a pesar de que ya casi no se hablaban por pertenecer

a bandos contrarios, aún así hallaban el modo de hacer tregua

y cortarse el cabello la una a la otra, conforme el conflicto se agudizaba,

desafiando con un dejo de ternura la curva ascendente

de la destrucción.

 

—No, más bien fue al final que ella se fue distanciando. Toda la vida nosotras nos cortábamos el pelo. Yo creo que todo comenzó con clara de huevo. Nos escapábamos del San José de Tarbes y nos íbamos a casa de Diana Bello y en la cara nos poníamos la clara de huevo. Eso te deja el cutis fresquesito. El problema es quitarte el pegoste, que es como un pellejo. 

—Mira tú, yo tenía la idea de que más bien cuando todos estaban peleados, ella venía hasta acá y se cortaban una a la otra el pelo.

—Desde chiquita nos cortábamos el pelo, yo más a ella que ella a mí.

—¿Y a las demás no?

—No, fíjate, bueno, a Marinés sí, pero creo que solo una, dos veces y más nunca.

—¿Y a mis tíos no?

—No.

—Me imagino que a Luisa Elena tampoco.

—Tampoco.

—E Isabel Leonor, ni hablar.

—Eso es correcto.

 

Así que he estado equivocado la vida entera. 

No existió semejante tregua a través del colapso y la devastación.

Más bien fue al revés. Conforme el horror del país se acentuaba,

mi tía se fue distanciando.

 

¿De dónde, entonces, habré sacado semejante idea?

Corta.

 

Susurran las piezas micrométricas que abrazan el tornillo.

Luego, más que un ruido, como de suave mordisco, 

un delicado racimo de vibraciones besa el cráneo

milésimas de segundos antes de llegar al oído.

El murmullo completa su viaje por las hebras de cabello,

las mismas que ahora caen al suelo del balcón.

Estoy viejo. Mamá me corta el pelo.

Tres pisos más abajo, por la avenida, pasan dos chiquillos en patineta,

visten como en los años noventa y llevan las manos en la espalda

para ganar velocidad; acólitos de un futuro inalcanzable. 

El asfalto no tiene grietas.

No tiene huecos, ni fisuras, ni cicatrices y heridas, no tiene grietas.

Los ojos de gato se posan límpidos, separados todos exactamente

a la misma distancia a lo largo de la avenida entera.

Solo de noche parpadean.

 

«Tienes que verlos pasar en sus ferraris a toda velocidad,

los malparidos», dice mamá.

 

Desde hace un par de años los herederos de esta dictadura compraron 

varias casas calle arriba. Desde hace otro par de años la urbanización 

se convirtió en el siguiente bastión del bienestar militar, 

mejor conocido como la pax bodegónica,

sostenida por narcotráfico, lavado de capital y geopolítica petrolera.

Millones de personas, mejor dicho, decenas de millones de personas

han sido lesionadas severamente por la crisis política venezolana.

Una pareja de lujosos camiones Mercedes Benz negros, 

como sacados de una película de espías, 

descansa frente al edificio de al lado.

Desde hace cuándo,

no sé. 

 

En el salón de fiestas del edificio de enfrente,

dos jóvenes entrenan boxeo. Fingen una pelea.

 

Cuando me vaya de aquí, pasaré un rato por el parque infantil

de la esquina. Me toparé con un viejo amigo de la universidad,

descubriré que vive cerca.

Me enseñará un par de trucos de pimpón en una de las mesas nuevas.

Me dirá cómo viene a entrenar todas las semanas con su hija,

me la presentará.

Hace no mucho acomodaron el parque.

Acomodar es la palabra más adecuada.

Caerá la tarde y aún estaremos muy lejos de verdaderos arreglos, 

tanto más de una auténtica reparación. Sin embargo, seguirá luciendo

peor que nuevo. Nunca fue así. Nunca estuvo tan bien iluminado. 

Jamás hubo grama verde y recién cortada en cada ápice

de su perímetro.  Menos aún mesas de pimpón.

Cuando llegue mi taxi, soltaré la raqueta

y me despediré como un niño a quien sus padres han venido a buscar

en una fiesta.

 

Antes, sin embargo, le pediré a mamá que me rebaje los lados.

Volverá por un rato el vuelo de las tijeras. Cada corte

como un salto de línea. 

 

Sentiré que le faltan fuerzas. Conforme luche por doblarme las orejas

para redondear mis patillas, percibiré el temblor de sus dedos, 

las falanges, los nudillos. Veré ante mí su voz cada vez más lenta.

Me preguntaré si realmente salió bien de su operación de vista.

¿Por qué a la operación de ojos le decimos operación de vista?

 

Corte.

 

El carro en que ahora me muevo es rojo.

Su volante tiene un protector rojo.

Su palanca tiene un pomo rojo.

El chofer odia al gobierno, no le agradó mucho

que mi viaje lo condujera a La Rinconada.

La Rinconada se encuentra casi en las afueras de la ciudad.

Me dirijo al Destacamento cuatro tres uno

de la Guardia Nacional Bolivariana. 

Para ser exacto, me dirijo a la Escuela Venezolana de Planificación,

un poco más allá del Museo Alejandro Otero.

Diría que ando en algo así como una misión especial.

La última vez que hablé con mi tía fue hace diez años, por teléfono.

Tenía yo el raspón de una silla de playa en el hombro izquierdo.

Había llevado el peso de una niña de siete años cuesta arriba

por tres pisos.

Luego una niña de dos años cuesta arriba por tres pisos más,

aunque eran los mismos.

Sin olvidar la cava, la tabla de bodyboard y las toallas pesadas y

cundidas de arena. 

Había visto a un historiador pararse al borde de una piscina

para presenciar la luna sobre el mar. Había visto a un escritor

frotarse la panza con bronceador.  Había leído sobre la juventud

de ambos en el libro que me había llevado 

para esas vacaciones. Cuando mi tía me llamó,

 había completado mi segundo viaje por escalera.

Poco o nada dijo, solo pidió

mi número de cédula y el de mi esposa. Nada más.

A los dos días salí a trotar por la playa.

La playa me fue llevando cada vez más lejos.

Sentí que le estaba diciendo adiós a mi vida entera.

Así fue. Cuando terminé de trotar recibí una llamada

de mi esposa. Mi tía había muerto.

Se llamaba, se llama Tuti,

es decir, Marisol. Puede que hubiere mentido sobre la cantidad

de tiempo que tenía luchando contra el cáncer. 

Puede que hubiere mentido sobre la causa de su muerte.

Creo que nunca lo sabré.

No llegué a su velorio. No pude verla. 

Mamá me recomendó que me quedara

con mis hijas y mi esposa en Margarita, que es el nombre

de la isla, la isla donde está la playa. Ya para aquel entonces 

se habían vuelto complicado los vuelos.

Dos años después me separaría de mi esposa 

y ella se iría del país con mis hijas.

No he vuelto a esa isla.

Uno de los últimos parques en el que jugué con ellas

fue el de la esquina, es decir, el que está cerca de donde vive mamá,

en Caracas.  Lo he dicho ya, creo. Para aquel entonces

 el parque estaba a medio abandonar.

Sus armatostes flotaban cual fósiles descuidados

sobre el suelo polvoriento.

 

Pienso en eso mientras dejo atrás el destacamento militar

cuatro tres uno. No reparo en el número que falta.

Menos aún en la ballena blanca, el rinoceronte, el murciélago

blanco, motes de camiones blindados que arremetieron

contra la gente durante las protestas de hace seis años y que

ahora descansan impolutos y orondos en el estacionamiento.

Luego de las protestas se agudizó el éxodo. 

Después nos cayó la pandemia.

Con la guerra en Ucrania la cooperación internacional

y la ayuda humanitaria se vieron afectadas.

Ahora hasta se habla de inteligencia artificial.

¿Habrá casas de apuestas de inteligencia artificial?

 

La Escuela Venezolana de Planificación se encuentra

frente al Instituto Nacional de Hipódromos.

Después del hipódromo, muy cerca, se construyó El Poliedro,

una enorme  sala de espectáculos donde antes se vendían

toda clase de complejos turísticos, carros, muebles, apartamentos.

Cada uno de estos sitios ha alojado damnificados por lluvias

en condiciones demoledoras. He querido huir de los años,

de las cifras, al menos en este texto. No sé si lo logre.

La condición del venezolano en el mundo entero es la de refugiado.

Aún aquellos venezolanos que no están en esta situación,

han dejado de experimentar la ciudadanía como una garantía.

Se le dice precariedad. 

Al otro lado de la Escuela Venezolana de Planificación,

un jinete saca a entrenar un caballo de carreras.

 

«A planificar para el socialismo se aprende» indica una frase

con varias letras moldeadas en arcilla sobre el dintel del edificio.

Hay dos perros echados en el cemento caliente.

Hay un charco enorme bajo un domo que luce cual senado romano.

Más que un país, o su ausencia, quizá lo nuestro es una fábula.

Un pajarito amarillo se posa sobre la letra «f» de planificación.

Sobre la frase entera se encuentra la última obra de mi tía.

Un mural de barro quemado que recoge en sus trescientos y tantos

mosaicos la historia que va desde los aborígenes al deslave de Vargas.

Hay manos y dedos que forcejean por correr o descorrer velos de arcilla.

Hay placas tectónicas que parecen campos semánticos, o al revés.

Enormes rostros que remedan razas. Campos, montañas,

espacios vacíos. Su belleza me interpela. Esta sencilla enormidad

la hizo mi tía. Esto que también duele.

En estuarios desbordados aparecen las palabras «memoria»,

«solidaridad», «compromiso», «ética», «inclusión».

Cuando leo «socialismo» me incomodo.

 

En pequeño, la cifra de un año en particular me hace dudar

sobre la historia que me hice de sus últimos días. Siempre he pensado

que esta obra la mató. Recuerdo su casa invadida

por enormes mosaicos de arcilla 

y un dejo de angustia al explicarme de qué iba todo el asunto.

La veía ante mí representar el papel de la proverbial artista

desbordada por su obsesión.

 

En grande, escrito en vertical, solo un año explica a cabalidad

lo que hace ahí ese mural.

 

Mil novecientos ochenta y nueve.

El año de El Caracazo. La masacre que nos hirió a todos

y cuyo maltrato en la memoria, pese a los debates y mejores

esfuerzos de un gentío, probablemente nos precipitó

en años, décadas de violaciones.

 

No puedo evitar el tono de las preguntas infantiles.

Estoy llorando por la memoria de mi tía, frente a su mural.

 

¿Desde aquí se aprendió a planificar la devastación?

 

Mi tía fue una mujer honesta, transparente, modestísima. 

Generosa como nadie, con su risa, con su casa,

que nunca fue suya; con sus pertenencias, que jamás reclamó. 

No puedo dar cuenta de los infinitos juguetes, artesanías, miriñaques,

instrumentos musicales, curiosidades, vestigios y novedades, 

ni hablar de libros que poblaban la vida que nos entregaba.

Se atrevió a aprender a cantar ya entrada en la tercera edad. 

Le indignaba la discriminación, la soberbia, la injusticia.

Ayudó a un montón de personas. Lloraba con facilidad.

Se encabronaba aún más rápido. Sospechaba

de cualquier postura radical. Su pozole era magnífico.

Toda su cocina fue un prodigio.

Creyó en la revolución, pero dudo que su corazón enorme,

como acurrucado entre patillas, hubiera soportado

la aniquilación de sensibilidades, de personas y porvenires

que implicó.  Al pie de un árbol de mango o jabillo tenía un taller

de cerámica donde enseñó a muchas mujeres,

jóvenes, niños. Siempre estuvo ahí para todo el mundo

y nunca, jamás, que yo sepa, participó en algo ilícito.

Acaso entraba a la iglesia el día en que bautizaban

a los nietos de sus hermanas.

Confiaba en Los Beatles y yo la recuerdo cantando a Agustín Lara

a partir de un disco de Jesús Soto que un buen día le robé.

Sus cenizas terminaron al lado de una cajita de juguete.

Si le das cuerda, suena Imagine de John Lennon. 

Amaba a sus perros con locura. Cuidaba de su noble

y silencioso esposo arquitecto. Casi nunca los vi pelear.

Fue como una segunda madre para mí, para mis hermanos y mis

primos. No tuvo hijos. 


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Eduardo Burger (Caracas, 1975). Comunicador Social. Co-director de la Fundación Plano Creativo (@planocreativo_) y co-fundador y consultor creativo de LABO Ciudadano (@labociudadano). Docente en guionismo y artes escénicas para la Universidad Católica Andrés Bello. Ha publicado los poemarios Por las endechas tejidas (2006) y Tu Cassandra es Amuay (2019). Su cuento infantil Trompájaro se hizo acreedor del Primer Premio de Literatura Infantil Fundavag (2012). Por el cuento Escape del Museo de los Niños recibió el galardón del V Concurso de Cuentos por los Derechos Humanos de Provea (2022). 


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