MÍRALE LAS PESTAÑAS
MÍRALE LAS PESTAÑAS
Gabriella Y. Martínez Moreno
Clarice Lispector
en Un soplo de vida
I
Yo, niña, frente a sus exequias, incrédula de la existencia de la muerte. En todo caso, despreocupada de verle el rostro taponeado en sus fosas nasales, en esa caja-vitrina que me preguntaba yo quién había tallado tan rápido.
No era ficción. Podría jurar que sus pestañas estaban en un combate por abrirse, y yo lo veía claramente. Decidí advertirle a mi mamá: «mi abuelo no está muerto, mírale las pestañas».
Intentar recordar es desfasar el tiempo. Lo que siento como ayer, pasó hace 22 años. Seguro hay muchas cosas que tergiverso.
De esos días solo recuerdo la sala de su casa, donde él reposaba ligado al olor de su despedida y de las flores. Era un portal entrar allí. Supongo que del otro lado estaba el resto de la casa, la gente abarrotando las paredes y yo iba y venía; jugaba en corros, entraba, salía y me pausaba en la broma pesada, en lo inerte, en el performance, verlo detrás del vidrio, el juego de hacerse el dormido, el canto de Gera, el ventilador, sus pestañas moviéndose.
Todo coexistía y, creo que al mismo tiempo, nada se sentía tan grave ni tan real.
II
De él sé unas cuantas cosas. Mis disculpas si algún familiar me lee.
Hipólito, de nombre onomástico, fue mi abuelo. Apellido Moreno. Recién averigüé que nació en Aragüita, Barlovento —nunca he ido. Fue hijo de un canario llamado Rito y de una barloventeña llamada Guillerma.
Leo que su nombre significa «el que desata los caballos».
Pienso en la muerte de Rucio Moro. Aunque no sé si le gustaba la música llanera.
No sé si tenía un santo al cual rezarle. No sé si creía en deidades.
No sé si tenía un libro favorito o si sabía leer.
Cuando lo conocí, él ya era un hacedor de piñatas que cantaba como Antonio Aguilar. También era conuquero, avicultor, porcicultor y bodeguero. Nadie me lo ha dicho, lo vi. Fue eso y mucho más, seguramente, pero no lo sé. A veces todo me parece una ficción. Juraría haber visto pavos reales y verme dar comida a las gallinas en su patio. Y, créanme, hablo de mucho tiempo desfasado atrás. Muchas cayenas, muchas cerezas, pumagas, mangos, taparas, cacao, quebradas, historias de espantos, rancheras atrás.
III
Barlovento-Santa Rosalía-mi abuela, están en una suerte de coincidencias citadinas cotidianas. La tierra, las frutas, la afrodescendencia, los acentos. No sé cómo pero aparecen, todos estamos ligados. Y aunque Hipólito también forme parte de ese lugar, ya rara vez lo identifico en la misma suerte. Supongo que por desmemoria, pocas coincidencias, elementos puntuales o como mecanismo de defensa.
Creo que por esta última razón en mi familia ya no escuchamos rancheras en las reuniones. Para cuidarnos de transpolar lágrimas del pasado. Pueden ser muchas razones. No hago hincapié.
Y no, no es mezquindad. Tenía yo 7 años cuando lo vi por última vez.
Apenas tengo a cuentagotas recuerdos compartidos, flashbacks metidos en una especie de cultivo microbiano. Esperando que me arroje alguna revelación. Incorporando otras historias que escucho. Buscando eternizar lo que para mí es sagrado.
Rehacer, reconstruir, inventar.
Me atrevo a aseverar que Caracas fue la antítesis de Hipólito —he ahí otro motivo de disociación. Creo que fue razón de peso para regresar a Santa Rosalía y olvidarse de la ciudad. Aparentemente solo venía a entregar piñatas en San Jacinto, Sábana Grande (Bazar Delgado y El Rey de Las Piñatas) o a visitar a la familia en el barrio.
Él se fue y nunca más se desligó de la tierra. Tierra donde lo vi guardarse.
No me malinterpreten, yo me siento en un olvido a tientas, que al mismo tiempo está ligado a la afinidad bucólica de mi abuelo, al realismo mágico. Afinidad que no se encuentra en esta ciudad, ciudad de su antítesis. Me sirve el apenas para intensificar los recortes que me quedan, para convencerme que no ha sido mucha la desmemoria y que hasta puedo enumerar los recuerdos.
En mi imaginario ya suena Por el amor a mi madre de Antonio Aguilar…
IV
Santa Rosalía es un caserío, adyacencia, aldea o localidad, ubicado en Barlovento, Estado Miranda, en Venezuela. Cercano a Mamporal, Municipio Eulalia Buroz. A 17,7 kilómetros de Higuerote, a 116 kilómetros de Caracas y a 164 kilómetros de mi casa. Sé que suena lejos. Creo que eran dos horas y pico de camino desde allí. Aún preciso un poco el entusiasmo con el que salíamos a cambiar de vida y una que otra de las canciones que nos acompañaban.
Para mí el olvido son retazos de sucesos, materia e intangibilidad, caídos al piso, que han ido a parar a picos y nidos de aves en algún pueblo recóndito.
Creo que ese pueblo puede ser el Comala descrito por Rulfo en Pedro Páramo o también el amado pueblito vacacional donde retocé mi infancia: Santa Rosalía.
Lugar donde no recuerdo cuántas veces a mi hermana y a mí nos sangraron las rodillas, ni por qué una vez me sangró la nariz tan temprano, un poco antes de salir a la calle a jugar, en la sala —esa dónde no sé cuántos años atrás fue velado mi abuelo Hipólito. Quizá 7:30 a.m. Mi segundo trance. Creo que mi abuela me curó de aquello y otros males, esos que se curan fijando una moneda en la frente. Suerte.
Quizás la sensación de bienestar era tanta que mi plasma lo advertía y se irrigaba.
Pueblito amado sangrante. Juraría que toda su extensión era un corral y nosotros, alguna vez niños, una nueva especie de avianos en bicicleta. Y ya nadie lo recuerda, ni yo. ¿También nos tragó la tierra?
Hoy, 1º de julio de 2023, Google no arroja mayor información cultural sobre el lugar que menciono. De hecho, alguna está errada. Como si no existiera, como si me lo estuviera inventando todo. En las páginas de noticias existe, es un pueblo que conoce la palabra suceso, espera, sopor, jornadas de. Apenas hallé algunas fotos en Twitter que si llegan a la docena sucumben en logísticas político-propagandísticas. Una foto de la iglesia. No hay registros del paisaje, de arquitectura, de carialegres, de tamboreros, ni de árboles centenarios.
Lo más puro que me queda de aquel lugar es mi abuela Cruz.
«Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo». / Juan Rulfo, en Pedro Páramo
V
12 julio de 2001.
No sé cómo llegamos al cementerio. No sé cuántas personas había, si estaban los entristecidos carialegres del pueblo y los niños no consanguíneos que siempre le pedían la bendición a mi abuelo. No sé dónde estaban mis padres, mi hermana, mi abuela, mi familia. Ya no estaban abarrotados en las paredes, ahora lo estaban sobre tumbas y mausoleos. Yo saltaba sobre ellas leyendo epitafios, sacando cuentas —edades, tiempo—, pensando no sé en qué.
El portal entonces no era la sala, era el nicho y corrí hacía él. Donde sería, imagino, el final de la broma pesada, de lo inerte, del performance, del vidrio, del juego de hacerse el dormido, de sus pestañas moviéndose.
Sonaba, juraría yo, bajo un cielo gris plomo, casi parando el tiempo, al unísono, Por el amor a mi madre, de Antonio Aguilar:
Por el amor a mi madre
Voy a dejar la parranda
Y aunque me digan cobarde
A mí no me importa nada
Detuve mi carrera como si el viento me hubiese tomado por los hombros.
Mi primer trance.
Ahí lo supe.
Mi madrecita llorando
Me dice que ya no tome
La vida se está acabando
Y temo que me abandone
Creo que avisté a mi madre, a mi abuela, a mis tías, al extremo de la fosa, fusionadas entre ellas, con caras de Virgen de Los Dolores.
Yo, ahora, inerte. No podía cerrar mis ojos.
Ahí lo supe.
Adiós botella de vino
Adiós mujeres alegres
Adiós todos mi amigos
Adiós los falsos quereres
Yo tenía vida, mucha, y él no, no sé.
Estaba ante una victoria pírrica que no pedí.
Ante una muerte real.
¿Dónde estaban todos?
¿Quién me abrazaba?
La misma tierra de dónde Hipólito sacaba la caña de azúcar para convidarnos,
más nunca me lo devolvería.
VI
Las formas, los objetos, se funden,
se desmoronan; pero el sentido
del conjunto persiste: entre momentos,
entre ficciones,
bajo fracturas incesantes. Como un umbral,
un asidero.
Coral Bracho
en Debe ser un malentendido
VII
¡EI muro!
Cuánto siento y me pesa su silencio
—en mi tarde—
en la tarde del musgo
y la oración
y el regreso.
Fernando Paz Castillo
en El muro.
Tu infarto fulminante precisó vísperas de desastres. Montones.
Santa Rosalía no fue igual. Ni tu patio, Hipólito. Ni siquiera el país.
Colmenas peligrosas.
No sé a dónde fue el lugar seguro.
Un degradado que estábamos por conocer.
Insomnio, dolores de cabeza, la despedida de tu hijo menor.
Ese año que te fuiste: la Ley Habilitante, expropiaciones, desfalcos. Más adelante, referéndums, racionamientos, Francisco de Miranda, cosechas robadas, manos sangrantes, escasez, hiperinflación, exilio.
Y tanto, tanto desastre en el que no te ubico. En el que no había lugar para ti.
Te fuiste en abundancia, viejo querido.
En una especie de abundancia que creo fue mentira.
Muy pronto para ver mi acné adolescente y conocer mis amores. No sé si tendré hijos. No sé si conocerán Santa Rosalía. Perdón.
Espero volver a comer las frutas que algún día trajiste del conuco.
Muy pronto para cantar canciones en común.
Mi padre guarda tu sombrero.
Muy pronto para conocer al menor de sus nietos, el que te copió la fisionomía.
Para él eres un personaje ficcional, abuelo,
y a veces para mí también.
Fuentes consultadas
Expósito, Shauki. (13/08/2013). Tras la sombra de Santa Rosalía. Aster Digital.
Google. (s.f.). [Santa Rosalía]. Recuperado el 1 de julio de 2023.
Referencias y testimonios de familiares.
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Gabriella Y. Martínez Moreno (Caracas, 1993) T.S.U en Turismo por el Instituto Universitario de Nuevas Profesiones. Se dedicó durantes tres años al e-commerce de libros y desde hace seis al e-commerce de lencería femenina. Ha participado en talleres de teatro, escritura, baile, cerámica y poesía, entre otros. Actualmente continúa explorando a través de talleres, eventos y de forma autodidacta, la poesía, sobre todo la venezolana. Esto, junto a la fotografía y el baile, han sido su amparo y medios de expresión permanentes.

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