OLVIDO

  

OLVIDO

Ximena Carquez

 

Decir Edgar es igual a decir hoja,
una hoja de un árbol cualquiera,
y a la vez, esta única hoja
de este único árbol en esta rama y solo esta

 

Cruzo la Avenida Intercomunal Valle-Coche en los hombros de un hombre muy alto. Me habla, pero no recuerdo su tono de voz o lo que dice. No camina en línea recta, lo hace en diagonal. Mi recuerdo comienza en la isla y termina antes de llegar a la acera próxima. Tres pasos es lo que dura mi recuerdo.

Aún cruzo esa avenida, pero sobre mis propios pies.

Eso sí, nunca he vuelto a ser tan alta.

 

Recuerdo estar de pie en el pasillo de la casa de mi abuela, mirando el perfil de un cuerpo sentado, una silueta, una sombra encorvada hacia la meseta de la cocina a la que digo, con advertencia juguetona, «tío Edgar, come, porque si no te puedes morir».

Ahora sé que aunque su apetito hubiese sido inmenso,

ya estaba

allí,

disuelto,

a la espera de lo inevitable.

 

Olvidé todo lo demás. Que fue el tío Edgar quien me llevó el primer álbum para colorear, junto con los creyones de cera lisitos que se partían si afincaba fuerte. Que cuando comenzó a estar todo el tiempo en casa, yo quería entrar al cuarto a cada rato para mostrarle mis cosas y él pedía a mi mamá que me sacara porque le resultaba doloroso tenerme allí, sabiendo que no podría verme crecer. Me dice mamá que mi papá tampoco quería que estuviese muy cerca de él por miedo a que pudiese contagiarme. Creo, entonces, que además de ser muy pequeña —tres años—, otro factor contribuyó a olvidarte: que me apartaran. Muy poco se sabía de tu enfermedad.

 

«Cáncer gay», gritaban los titulares de la época —finales de los 80, inicios de los 90. Aparentemente, eximidas del peligro mortal las mujeres y las relaciones monógamas heteronormadas. Los relegados eran quienes se contagiaban: drogadictos, homosexuales y alguna que otra prostituta. Casi nulo el uso del preservativo, solo promovido como método anticonceptivo. Recién, en 1981, habían aparecido los primeros casos en Estados Unidos y la información no corría de forma tan veloz como lo hace ahora. Pocas las esperanzas para aquel que sacara el papelito que tenía escrito VIH positivo.

 

Me cuentan que mi tío Edgar era un muchacho encantador, un enamorado de la vida, la celebración y las mujeres. «Tu tío era el consentido de la abuela». «Así le gustaba el café a tu tío, clarito». «¡Como bailaba de bien Edgar!». «Cuidado, que en ese cassette está Edgar cantando en la coral de Medicina, no me lo vayas a botar». «Edgar y yo éramos así», dice mi mamá, cruzando los dedos y tragando entero. Para ella es como si los 32 años que han pasado desde su muerte se volvieran días y de pronto fue ayer que llegó tarde para despedirse, que ya se estaba poniendo frío, que cuando le tocó los pies estaba entrando en eso que llaman rigor mortis. «Vamos a vestirlo, mamá, porque se está poniendo duro». «Él me acompañó cuando les dije a mi mamá y a mi papá que estaba embarazada de ti», dice con ternura mi mamá. «¡No! ese no peleaba». «En esta esquina María Cristina, en esta otra, María Pelota». O «En esta esquina, Pantaleta Fina, en esta otra, Pantaleta Rota», cuenta mi mamá que así enunciaban cuando veían lucha libre. Amante de Jesús Sevillano, se la pasaba practicando «a mi negra la quiero y la quiero más que la cotiza que llevo en el pie...». «¡La cantaba bellísimo!», cuenta. «Desde mis trece años comencé a salir con Edgar para todos lados, él tenía diecisiete». Salían de fiesta desde el jueves. Las puertas de las casas estaban entonces siempre abiertas, caminaban hasta el bloque de los Salazar y se regresaban a la mañana siguiente. Era todo más suelto en la calle. Había una posibilidad tácita para el encuentro.

 

Edgar Isaac murió en la cama de sus padres en Caracas, el 11 de febrero de 1991, seis días después de haber celebrado su cumpleaños número 32. Tres meses después de haber sido diagnosticado como portador de VIH, tras un año de agotamiento profundo y malestares estomacales permanentes. «Pasa mucho tiempo en el baño», decía su compañera de trabajo en el Centro Médico de la Mano, por Las Mercedes. Le faltaba poco para graduarse de médico cirujano, la promesa de una familia que ansiaba conseguir un título universitario y hasta entonces el hijo mayor no había querido continuar Ingeniería, la niña se casó y ya es mamá, el menor de los cuatro aún en bachillerato. Pero cuando trasladar a un paciente en silla de ruedas por el Clínico Universitario le resultaba a Edgar una hazaña olímpica, mi mamá decide llamar a un médico amigo. De inmediato lo envían a realizarse la prueba de sangre. No hay más que hacer. «Hermanita, me estoy muriendo», recuerda mi madre. La mira con el rostro derretido en sus propias grietas amargas. Abismo absoluto en los ojos del fin. La inmensidad que es morir jamás será descubierta hasta que no pueda ser contada. En esta consulta aparece la pregunta: «¿Qué vamos a decirles a mis padres?», «Para que los viejos no sufran, puedes decir que tienes leucemia aguda», contesta el médico. Está decidido. A la consulta siguiente le acompañan mi abuela y mi mamá. «Vladimir, dime qué tiene mi hijo». «Leucemia aguda», contesta. «Llévenlo a casa y denle mucho amor». «Pero, ¿no hay algo que me puedas quitar para dárselo?, ¿qué me puedes quitar, Vladimir?».

 

Una madre en la cocina de un apartamento diminuto. Hace arepas, café, sopa de lagarto, ensalada de papa con zanahoria, cebolla y mayonesa, tajadas largas y pollo con vegetales, las mejores caraotas del mundo, a las que les pone azúcar. Dulce de higo, bollitos pelones y arroz compacto, nunca sueltecito. Desde esa cocina puede verse toda la casa, menos el baño y el cuarto de los muchachos. Mientras cocina, ella ve hacia su cuarto. Una cama matrimonial, copete de madera oscura con múltiples formas esféricas, ondulaciones talladas y barnizadas junto a una peinadora que le hace juego y a la que siempre le hemos llamado tualé. Está mirando a un cuerpo largo, tendido y arropado en su cama, que le devuelve besos volados. Así todo el día, besos y palabras amorosas atravesando el pequeño y único pasillo de esa casa.

 

Hijo,

déjame darte todos los besos que puedas contar.

 

Debieron pasar años para que mi abuela se enterara de que no fue leucemia lo que padeció Edgar. Mi mamá le contó. Decidió hacerlo porque le generaba desagrado la forma como solía referirse a quienes desafortunadamente padecían el virus: «sidosos», les decía. Después, no más. Después, a la casa iba Pedro, amigo de mi otro tío, el menor, y se quedaba conversando horas con mi abuela. Pedro en pleno tratamiento con retrovirales.

 

Edgar no tuvo esa oportunidad, apenas a ocho años del primer caso de sida diagnosticado en Venezuela. No había tratamiento y su desgaste estaba bastante avanzado. Se vivía la plenitud del enigma de la enfermedad y el estigma que la acompañaba. No quieres decir que tienes sida. No quieres que te quiten el saludo, te maldigan por promiscuo o desprecien por «desviado sexual». Nadie quiere que le nieguen presencia.

 

Su contagio debió haber ocurrido mucho antes, incluso antes de yo nacer. Él afirmaba que debió haber sido en un viaje que hizo a Margarita por el año 83, una brasilera con quien estuvo. Quién sabe.

 

En horas de la madrugada, luego de una fiesta en cualquier lugar de Caracas. Él dice: «tranquila, yo te llevo hasta tu casa». Ella, esperando el auto de este galán que tan amablemente le ofrece transporte, de pronto se encuentra con un brazo extendido en plena calle pidiendo parada porque el ofrecimiento se refiere a un acompañamiento en carrito porpuesto. «Más de una vez llegó todo golpeado, robado, ¡claro!, ¡atravesar las Nalgas de Rómulo a las tres de la mañana! Solo se le ocurría a Edgar, acompañando a una amiga...»

 

Un cumpleaños con siete tortas. La casa a reventar, fueron todos y más.

 

Cantaron, bailaron. Él, con tapabocas, sentado en el pasillo pequeñito, el mismo de los besos viajeros y la sobrina advirtiendo lo que sucedería. Riendo sutilmente, hablando sutilmente. Una levedad porosa a punto de exhalar.

 

Me pregunto si de conocerse su condición real, habría tenido mi tío las siete tortas.

 

Es bello pensar que sí.

 

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Ximena Carquez (Caracas, 1987). Bióloga de la Universidad Central de Venezuela y bailarina de danza contemporánea formada en el Taller Experimental de Danza Pisorrojo. Ha participado en proyectos con las compañías Neodanza de Caracas, Thot, danza Butoh y Teresa Danza Contemporánea. Actualmente da clases al elenco de la Compañía Nacional de Danza. 

 

 

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